Las consecuencias de la guerra no son solo materiales. Aunque cada conflicto es distinto en sí mismo y tiene su propia dinámica, etapas y alcance, sus efectos se notan sobre todo en la población que la vive en primera persona. Es el caso de las personas refugiadas, que huyen de los conflictos para salvar sus vidas. 

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En la actualidad, según ACNUR (la agencia de la ONU para las personas refugiadas), en el mundo existen más de 65 millones de personas que viven día a día esta situación. En este post te contamos lo que se esconde detrás de esta cifra.

Niños recolectando agua potable que Oxfam provee en el campo de refugiados Zaatari, en Jordania (c) Sam Tarling / Oxfam

Desplazamiento forzoso: consecuencias internas de la guerra

Huir a otro país por culpa de la guerra no solo implica dejar atrás un lugar. Es mucho más que eso: significa una fractura en la historia de vida de las personas refugiadas, un punto de giro que marca un antes y un después en sus biografías.

Ciudades destruidas, regiones devastadas, terrenos infértiles y ausencia de medios de producción y supervivencia son algunas de las postales más habituales cuando nos acercamos a una guerra e intentamos comprenderla.

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Sin embargo, ¿qué pasa con las otras consecuencias de la guerra? ¿Qué ocurre con esos efectos, muchas veces invisibles, que aun así adquieren un peso enorme en la vida de las personas que huyen de peligros extremos?

Hablamos de los efectos internos de los conflictos, que en la mayoría de los casos suponen largos procesos de recuperación y trascienden la reconstrucción física y mental. La atención psiquiátrica a las personas refugiadas, uno de los temas clave del XXIV Congreso Europeo de Psiquiatría celebrado recientemente en Madrid, es probablemente uno de los aspectos más olvidados de esta crisis humanitaria. Los efectos más recurrentes tras una situación de estas características son:

  • Ansiedad permanente: los peligros a los que se exponen los refugiados en su tránsito hacia sitios seguros provocan ansiedad permanente, incluso cuando ya no existen motivos reales para ello. Viven en el tiempo de la huida y el riesgo, que impide pensar con calma y serenidad. En los casos más graves, la ansiedad se materializa en episodios de esquizofrenia y trastornos similares.
  • Depresión: muchos de los refugiados pierden las ganas de seguir adelante después de una guerra. La destrucción material y la pérdida de vidas humanas afectan a su moral y sus ganas de insistir en sus proyectos o iniciar otros nuevos. Por lo general, de estos estados solo es posible rescatarles con ayuda psicológica o con proyectos de creación o expresión.
  • Inseguridad y desconfianza: también es habitual que adopten una actitud de desconfianza hacia todo lo que les rodea. Los peligros a los que se han enfrentado en el trayecto en terceros países les han obligado a mirarlo todo con recelo. El miedo es la principal barrera para reconstruir sus historias de vida.
  • Desarraigo: es una de las consecuencias de la guerra más visibles en personas refugiadas. Vivir lejos del lugar de origen supone un duelo que en muchos casos se prolonga durante años. Y cuando es por causas como la guerra, se añade el dolor de haber sido forzado a hacerlo. El retorno es la forma más efectiva para superar el desarraigo; sin embargo, en la mayoría de los casos esto no es posible, y solo el hecho de iniciar una vida en otro lugar puede mitigar los efectos de esta pérdida.

Buscando refugio: el largo camino que recorren las personas refugiadas

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En el pequeño pueblo fronterizo de Preševo, Serbia, donde deben registrarse todos los que entran al país por el sur, acuden muchas familias, niños muy pequeños y bastantes ancianos. Hace unos meses aquí llegaban básicamente hombres, y sobre todo jóvenes, pero la tendencia está cambiando, nos dicen desde ACNUR.

Es el caso de Medina que viaja sola con sus cuatro hijos, el menor tiene 6 meses y el mayor 17. Son de Afganistán y hace unas tres semanas que viajan. “Ha sido muy duro, especialmente para los pequeños. No hemos tenido ni un minuto de paz”, cuenta con la mirada perdida. Sus hijos revolotean a su alrededor, gritan, se pelean, lloran, y ella intenta calmarlos, pero se nota que apenas tiene energía.

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Medina, 30 años, de Herat (Afganistán). Viaja con sus 4 hijos (de 6 meses, 5, 10 y 17 años) y su hermano de 17 años. Cada día entran a Serbia unas 8.000 personas refugiadas y migrantes en su ruta hacia Europa (datos de nov 2015). Oxfam trabaja en Serbia instalando puntos de agua, letrinas y duchas en diferentes puntos del camino. Además, distribuye kits de higiene básica y provee información y asesoramiento a las personas que viajan. (c) Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Fatheh también viaja sola con sus cuatro hijos. A sus 45 años tuvo que huir de Siria y dejar a su marido con su madre, que era demasiado mayor para hacer un viaje tan difícil. “Mi casa y la de mis familiares fueron totalmente destruidas. En toda la zona no quedó nada en pie. Empezamos a movernos de un lugar a otro. Éramos refugiados dentro de Siria, hasta que no quedó ningún sitio a donde ir. Entonces tuvimos que abandonar Siria y nos convertimos en refugiados fuera de Siria. Ahora no tenemos dónde vivir. Aunque la guerra terminara, no podríamos volver”. Sus lágrimas le impiden seguir el relato.

Fatheh, 45 años. De Siria. Viaja con 4 de sus 7 hijos, de 16, 14, 12 y 10 años. Sus otras 2 hijas ya están viviendo en Alemania y se quiere reunir con ellas. Su marido se ha tenido que quedar en Siria, cuidando de su madre de 95 años. (c) Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Estos son algunos testimonios, existen muchos más, millones de rostros anónimos que sufren a diario las consecuencias de migraciones forzosas. El desarraigo forzoso produce un dolor difícil de superar.

Los ciudadanos y ciudadanas que presenciamos desde lejos los escenarios de guerra en otras partes del mundo no podemos detener las confrontaciones. Sin embargo, sí que está en nuestras manos actuar, a través del voluntariado, dando apoyo económico o a través de otras vías y recursos, para evitar que las consecuencias de la guerra destruyan la vida de las personas que la padecen. Es una cuestión de voluntad. ¿Cuentas con ella?

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