La expresión «tercer mundo», todavía con una importante implantación en los medios de comunicación y el vocabulario común de muchísimas personas, es un término cuanto menos anacrónico. Las diferentes entidades y ONG que trabajan impulsando proyectos solidarios y de ayuda al desarrollo, hace tiempo que evitan utilizar expresiones tan controvertidas como esta, u otras como «subdesarrollo» que denotan, como veremos, una visión del mundo con fuertes connotaciones negativas.

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© Pablo Tosco / Oxfam Intermón

De dónde viene el término tercer mundo

La expresión fue acuñada en la década de los 50, durante la Guerra Fría, para englobar bajo un mismo concepto a los países no alineados con ninguno de los dos grandes bloques: el de la órbita norteamericana (llamado primer mundo), y el de la soviética (el segundo mundo).

Tras la caída del Muro de Berlín, y desde los años 90 hasta hoy, el término ha evolucionado y se ha convertido en un concepto muy relacionado con el nivel de desarrollo de ciertos países, tomando como modelos de «desarrollo» las economías de los países de ese «primer mundo» que únicamente representa entre el 15% y el 20% de la población mundial, dejando para el resto los calificativos «subdesarrollo» o «en vías de desarrollo».

La controversia está servida: por un lado, hablar de «tercer mundo» actualmente está desfasado; los antiguos bloques enfrentados ya no existen. Por otro, tomar como modelo de desarrollo un sistema económico que genera injusticias y desigualdades en todo el mundo tampoco parece una opción aconsejable. Por ello, los términos «tercer mundo» o «países subdesarrollados» son, cuanto menos, controvertidos.

Existen, además de estas razones, otros motivos para dejar a un lado estas expresiones y animarnos a buscar otro tipo de calificativos para designar unas realidades, como la pobreza, la desigualdad o la exclusión, que no conocen patrias ni fronteras:

  • Muchos países del mal llamado tercer mundo poseen importantes fuentes de riqueza y cuentan con recursos suficientes para paliar las desigualdades entre su población. El problema, pues, no es la pobreza, sino el reparto injusto de la riqueza, que favorece a unas pocas personas en detrimento de la mayoría. En el caso de estos países podríamos hablar de «países empobrecidos» o «países en situación de desigualdad».
  • Hay organizaciones que utilizan el término más geográfico «países del hemisferio sur», que aunque no exento de polémica (hay países en el hemisferio norte donde existe más pobreza que en algunos de los del sur), no acarrea una connotación tan negativa y desfasada como lo hace «tercer mundo». 
  • Otras organizaciones, como por ejemplo las Naciones Unidasemplean los términos «países en vías de desarrollo» o «países en desarrollo», que aunque como hemos visto tienen su dosis de controversia, al hablar de un desarrollo que de por sí genera desigualdad, no implica la división en mundos distintos como hace «tercer mundo».

Como vemos, no hay un consenso claro sobre la mejor alternativa para el término «tercer mundo». En lo que sí coincide la mayoría es que este calificativo no sólo está desfasado sino que es peyorativo. El mundo es uno solo. No existen más mundos que el nuestro, único y compartido por más de 7.000 millones de personas y cada vez más, los problemas que lo afligen nos afectan a todos y todas, en mayor o menor medida. Por lo tanto, si los problemas no conocen fronteras, también la respuesta a esos problemas debe ser global, sin distinciones, apelando a la responsabilidad y todas y cada una de las personas que lo habitan. 

Proponer y trabajar para establecer nuevos modelos de desarrollo, nuevos sistemas de producción y comercio respetuosos con los derechos humanos y el medio ambiente es una de las muchas salidas posibles hacia una futuro mejor y plenamente compartido, del que todos y todas formamos parte, y en la construcción del cual tenemos mucho por decir y aportar con nuestros hábitos y acciones cotidianas. 

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