Acostumbramos a contarles a nuestros hijos e hijas los cuentos que nos contaban a nosotros de pequeños. Hoy te animamos a descubrir nuevas historias, cuentos que les mostrarán que existen otras culturas, otros valores diferentes a los nuestros que debemos respetar.

Leerles cuentos de otros países nos puede ayudar a enseñarles estas diferencias y a enriquecer su universo imaginativo con elementos que rompen lo habitual. De esta forma, como madres, padres o educadores podemos utilizar estos cuentos infantiles de otros países para estimular su imaginación y educarles en los valores del respeto y la tolerancia para que aprendan a tratar la diferencia con la misma normalidad y cercanía con la que contemplan lo cotidiano. 

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¿Qué mejor manera de enseñarles que en la variedad está la riqueza?

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Todas las culturas cuentan con tradiciones orales antiquísimas, historias que forman parte de cada pueblo. India es un país especialmente rico en este sentido, y por eso hoy te presentamos un cuento que puedes utilizar, extraído del libro Cuentos de la India de la editorial de Oxfam Intermón. 

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¡Cuéntalo esta noche en casa antes de que tus peques se vayan a dormir!

Bopuluchi

Bopuluchi era una joven valiente que vivía sola en una cabaña de las colinas del Punyab, en el norte de la India. Iba todos los días con sus amigas a sacar agua del pozo que se encontraba cerca de su cabaña, ya que en el pueblo donde vivían no tenían agua corriente en casa. Mientras llenaban sus cántaros de agua, las jóvenes solían hablabar de sus sueños y sus deseos.

Un día estaban comentando lo mucho que deseaban encontrar un buen marido, pero mientras las demás chicas hablaban, Bopuluchi miraba al suelo y no decía nada. Sus amigas le preguntaron por qué estaba tan callada, y ella les explicó que era porque no podría casarse ya que no tenía padres que pudiesen pagarle la dote ni concertarle el matrimonio.

Las chicas no lo sabían, pero tras los arbustos se escondía un ladrón que estaba escuchando toda la conversación. –Con ésa me caso yo– murmuró, frotándose las manos con regocijo.

Al día siguiente, muy de mañana, un visitante con una bandeja de plata cargada de regalos sorprendió a Bopuluchi en su cabaña. ¡Era el ladrón! Y le recitó a la chica su bien aprendido discurso: –Vengo de muy, muy lejos para visitar a mi sobrina Bopuluchi. Soy el hermano de tu madre. He venido para concertar tu boda con mi hijo–. Bopuluchi se puso muy contenta, pero al mismo tiempo fue sincera y le contestó que no tenía dote porque era huérfana. –No importa– dijo él –yo soy muy rico–. Bopuluchi se sintió embargada de felicidad. –¡¿Me dejas que vaya a contárselo a mis amigas?!– exclamó. Pero su tío parecía tener mucha prisa. –¿Por qué no les das la sorpresa después?–dijo–Ya organizarás una fiesta cuando regreses con tu apuesto novio. Debemos irnos porque hemos de recorrer un largo camino–.

Durante el camino hacia la casa del hombre, los animales intentaban advertir a la joven del peligro que corría. Las ranas croaban –¡Croac, croac, croac! ¡Cuidado, cuidado! ¡Mira que el peligro está a tu lado! Los búhos ululaban: –¡U-u-u, u-u-u! ¡Cuidado, cuidado! ¡Mira que el peligro está a tu lado! Pero Bopuluchi estaba distraída pensando en su boda.

Al rato llegaron a una casucha destartalada.–¡Desmonta! –ordenó el tío de Bopuluchi. –¿Aquí? –preguntó la sorprendida joven. ¿Por qué era su tío de repente tan descortés? –Soy el intrépido ladrón de Bombay –anunció el hombre–. La vieja que vive aquí en esta casucha cuida de mi botín. Y no tengo hijos: ¡el que se va a casar contigo soy yo! –¡Mentiroso, estafador! ¡No me casaré nunca contigo! –dijo Bopuluchi con fiereza.

El ladrón procedió a atar a Bopoluchi con una cuerda y se fue de la casa, dejándola encerrada con la vieja bruja que cuidaba de su botín. La vieja entonces empezó a tocarle el pelo y a preguntarle qué hacía para mantenerse tan joven. En ese instante, a Bopuluchi se le ocurrió idea para escapar. –Te contaré mi secreto– le dijo –Hay un postre mágico que me da agilidad y vitalidad, me deja la piel tersa y suave y me hace crecer el pelo–.

La vieja entonces le obligó a preparar el postre para ella. Coció arroz. Le añadió leche y azúcar. Esparció por encima almendras, cardamomo y azafrán. Después le echó una botella entera de licor. –Cuanta más cantidad comas, más rápido desaparecerán tus arrugas– le dijo a la bruja. La vieja se lo comió entero y al poco rato se quedó dormida. El licor había hecho su efecto. Rápidamente, Bopuluchi saltó por la ventana y se perdió en la noche.

Cuando el ladrón regresó a la casa se enfadó muchísimo al encontrarse a la bruja durmiendo y Bopuluchi fugada, así que decidió ir a buscarla a su poblado en medio de la noche. Entre tanto, Bopuluchi había llegado ya a su cabaña. Como era muy precavida, esa noche ya se había puesto a dormir con un cuenco lleno de harina al lado de su cama y una retama larga y espinosa. Un rato después de cerrar los ojos oyó ruidos en su cuarto. Enseguida se figuró que era el ladrón. Rápidamente, se echó harina por la cara, agarró la retama espinosa y golpeó con ella a la figura que se movía en las sombras. –¡Socorro! –gritó el ladrón–. ¡Un fantasma! –aulló. Y salió corriendo como un rayo, jurando no volver nuna más a esa cabaña encantada.

Años después Bopuluchi encontró un excelente joven que la amó por lo que era y que no dio importancia a que no tuviera dote. El pueblo entero celebró la boda con festejos, música y bailes. Ella llevaba un sari rojo ricamente tejido. Bopuluchi vivió feliz para siempre, pero nunca olvidó al ladrón. Si te invita alguna vez a su casa, comprobarás que aún tiene un cuenco de harina y una retama espinosa junto a su cama.

Aprovecha este relato para crear o acrecentar los hábitos de lectura de los más pequeños y no dudes en visitar los demás cuentos infantiles que Oxfam Intermón pone a tu disposición con relatos de todo el mundo. Les aumentarás el gusto por los libros y las ganas de conocer nuevos paisajes y nuevas culturas… ¡Este es uno de los mayores regalos que puedes hacerles!

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