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Maurice está jubilado. Su aspiración era dedicarse a cultivar su huerto y en cambio vive en un sitio de desplazados, como un Job perdido en tierra de nadie, resignado a que lo mejor que le puede pasar cada día es precisamente seguir aquí, viviendo al albur, sin que ningún grupo armado venga a romper el aburrimiento mortal en el que pasan sus días los habitantes de este lugar. Su camiseta blanca, inmaculada, es como un desafío a la podredumbre y a la violencia que lo rodean.

Maurice Nzundiale lleva más de dos años viviendo en el sitio de desplazados de Grand Séminaire, en Bangui, porque su casa fue incendiada a causa del conflicto. Grand Séminaire alberga en precarias condiciones a más de mil personas huidas de la violencia. Oxfam provee de agua potable a sus habitantes, ha construido letrinas y duchas, y lleva a cabo tareas de promoción de la higiene.  Copyright María José Agejas/Oxfam Intermón

Maurice Nzundiale lleva más de dos años viviendo en el sitio de desplazados de Grand Séminaire, en Bangui, porque su casa fue incendiada a causa del conflicto. Grand Séminaire alberga en precarias condiciones a más de mil personas huidas de la violencia. Oxfam provee de agua potable a sus habitantes, ha construido letrinas y duchas, y lleva a cabo tareas de promoción de la higiene. Copyright: María José Agejas/Oxfam Intermón

No sé si Maurice sabe que existe una resolución de la ONU que califica el derecho al agua como un derecho humano esencial para el disfrute de la vida y de todos los derechos humanos. Por su manera educada de hablar sí debe de conocer perfectamente qué son los derechos humanos. Seguro que también es consciente de que en su caso se están violando muchos: derecho a una vivienda, a la propiedad, a la protección de la ley…

Maurice vive en una tienda de campaña, en el sitio de desplazados de Grand Séminaire, a las afueras de Bangui, la capital de la República Centroafricana, un país que sufre un conflicto que ha provocado que la quinta parte de la población haya dejado su casa. Maurice perdió la suya hace dos años.

Lo he conocido durante una de las jornadas de promoción de la higiene que lleva a cabo Oxfam Intermón en ese centro para desplazados. Oxfam Intermón se ocupa de proporcionar agua potable, letrinas y duchas a las más de cuatro mil personas que viven allí, pero también de promover hábitos que contribuyen a la salud en una situación tan precaria como esta. Por ejemplo, lavarse las manos. Antes de cocinar, después de ir al baño, antes de amamantar a un bebé, después de cambiarle los pañales… Simple, pero eficaz método para ahorrarse enfermedades.

Maurice asiste puntual a estas actividades. “La intervención de Oxfam en estos sitios”, nos explica, “y la puesta en marcha de clubes de higiene por categorías (hombres, mujeres, niños) es un trabajo muy loable, muy beneficioso porque crea consciencia en cada uno de nosotros para saber lo que hay que hacer a nivel de higiene. Eso mejora las condiciones de vida de todos, porque reduce bastante la tasa de contaminación en los sitios de desplazados”.

Así que ahí está, dibujando aplicadamente el ciclo de contaminación oral-fecal. Junto a él mujeres y niños que quizá, gracias a los juegos y los dibujos utilizados para estas dinámicas, puedan escapar de enfermedades como las diarreas o el cólera que, sin tratamiento, pueden ser mortales, y que castigan especialmente a los más pequeños. Al final, entre los participantes, se reparte un paquete de higiene: un cubo de 20 litros con tapa, jabón de manos, jabón para la ropa, pasta y cepillo de dientes.

En la República Centroafricana hay zonas en las que sólo el 10% de la población cuenta con instalación de agua potable en el domicilio. El resto se surte de fuentes públicas o de pozos. El conflicto intercomunitario que comenzó hace tres años ha empeorado las cosas: las fuentes han sido destruidas y los pozos contaminados, en algunos barrios de manera recurrente. Los grupos armados han lanzado cadáveres a esos pozos, envenenando así su agua.

A Maurice le gustaría volver a su casa. Claro. Pero ni siquiera sabe si está en pie. Sólo reza, dice, para que los centroafricanos “desarmen sus corazones” y la pesadilla se acabe.

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